¿Pensamos cuando elegimos el pan nuestro de cada día?

Columnistas | 24 Abr. Lic. Nut.
Débora Sotelo
Ya hemos compartido lo importante de considerar la alimentación como pilar fundamental de nuestra salud desde que somos concebidos. Hemos observado los aspectos importantes en las diferentes etapas de la vida; y ahora nos dedicamos a situarnos en el adulto.
¿Es tarde cambiar nuestra conducta ahora que ya somos adultos?
¿Podremos influir positivamente a favor de nuestra salud?
¿Qué opina usted?
A continuación algunos comentarios que me gustaría reflexione conmigo. Y unas cuantas interrogantes que espero concuerde con ellas.
El gran maestro Hipócrates ya en su época había descubierto que SOMOS LO QUE COMEMOS y a su vez nos podemos curar con los alimentos.
Pensemos en nuestra casa. Quizá habrán quienes hayan comprado un terreno y construido su casa o quienes vivan en un hogar que fue de sus antepasados o tal vez hayan adquirido su casa ya terminada. En todos los casos quien habita una vivienda se ha asegurado de que la misma no tenga grietas, huecos y esté suficientemente afirmada, de modo que no se derrumbe.
¿Por qué entonces no cuidamos de manera similar nuestra estructura? Si, nuestro cuerpo constituye nuestra estructura desde el cual podemos existir.
¿Cómo tratamos o cuidamos ese cuerpo que tenemos?, el único.
Con frecuencia lo vemos como “tacho de basura” donde depositamos todo lo que va quedando para “no tirar”. O quizá lo privamos de nutrientes indispensables para el desarrollo de funciones vitales (por ejemplo: no consumo de pescado).
Otras veces solamente pensamos en “comer sano” (calidad adecuada), sin considerar que también es importante cuidar la cantidad de lo que comemos. Pero, ¿cómo podremos controlar la cantidad de lo que comemos si casi siempre “tragamos”, es decir, comemos muy velozmente, sin ni siquiera saborear eso tan cuidadosamente preparado?
Todas las preguntas que se piensan realizar a expertos en nutrición son qué comer, para qué sirve determinado alimento o frente a enfermedades como sería la mejor dieta. Sin embargo, nadie pregunta ¿cómo debemos comer? Parece una pregunta tonta, pero, usted tiene la respuesta, ¿cómo come usted?
ESTOMAGO SIN DIENTES
Uno de los pilares fundamentales para una adecuada alimentación es el comer pausadamente, masticando reiteradas veces hasta que el alimento sea absolutamente cortado y triturado en la boca.
Este proceso digestivo requiere tiempo y principalmente de razonamiento de la actividad que se está realizando.
El objetivo de la masticación es que las partículas que se obtienen sean impregnadas en saliva, que contiene sustancias digestivas como por ejemplo la enzima ptialina, que actúa sobre los alimentos que contienen hidratos de carbono (glúcidos o azúcares) transformándolos en elementos más pequeños (dextrina y maltosa).
El problema es que muchas personas se olvidan de que el estómago “no tiene dientes” y por lo tanto requiere recibir los alimentos previamente procesados para que la digestión se produzca adecuadamente.
Se recomienda masticar cada bocado por lo menos treinta veces.
Esto es así, pues cuando se comienza a masticar se pone en movimiento todo el tubo digestivo que va transportando el alimento a lo largo del mismo mediante impulsos nerviosos que posibilitan los movimientos peristálticos (involuntarios).
El proceso digestivo completo -desde la ingesta de alimentos hasta la eliminación de los residuos- debe ser de alrededor de 24 horas. Este tiempo varía de acuerdo al tipo de alimento consumido (digestibilidad del mismo). Un ciclo más lento indica una digestión inadecuada. Un ejemplo: la eliminación de la carne vacuna asada puede tardar hasta 5 días (en personas con estreñimiento crónico severo se ha observado mayor tiempo).
Pero, desde el punto de vista subjetivo, es decir, de las emociones ¿qué sentimos cuando consumimos diariamente la comida? ¿la disfrutamos?; cuando preparamos aquel plato que tanto nos agrada ¿lo saboreamos bien?.
En ocasiones, el “tener que” realizar una dieta por alguna alteración de su salud, asocia malestar desde el simple hecho de pensar en que no disfrutará de ella. Sin embargo, si se analiza objetivamente, tampoco disfrutó de las comidas que lo llevaron al problema.
Me refiero a que es una de las causas de la obesidad (u otra enfermedad relacionada con excesos nutricionales) la conducta de “tragar” los alimentos inmediatamente a haberlos introducido en la boca.
Decimos que nos encanta comer, pero a la hora de realizar un acto que nos ocasiona placer, habitualmente, lo que menos hacemos es disfrutar y lo tomamos como algo de rutina.
En el cerebro se ubica el centro de la saciedad, y a éste no le llega la información de que estamos incorporando alimentos a nuestro tubo digestivo antes de los 15 minutos de haber iniciado la ingesta. Por lo tanto, cuanto más lento comamos, menor será la cantidad pues estaremos satisfechos.
Se ha mencionado la importancia de que el momento de comer (desayuno, almuerzo, merienda y cena) sea exclusivo para ello; razón por la cual no es adecuado hacerlo mirando televisión, estudiando o realizando cualquier otra actividad.
Desde que nos levantamos incluimos al alimento en nuestra rutina diaria, ya sea porque de inmediato desayunamos (o tomamos mate), luego realizamos determinadas ingestas sin mencionar el almuerzo y la cena.
Esas ingestas que realizamos entre las principales comidas, en ocasiones no las consideramos como tales, y, si nos preguntaran cuantas veces comemos al día quizá nuestra respuesta sería “muy pocas, dos o quizá tres”.
Es recomendable, además, que los problemas cotidianos a resolver no sean planteados a la hora de comer. Si lo hacemos se desvirtúa el objetivo del sentarnos a la mesa con el fin de alimentarse.